Los mineros marcharon por la vida

“Los mineros… volveremos… ¡pero con armas! ¡Abajo el estado de sitio! Abajo el paz-banzerismo hambreador! ¡Vivan Oruro y Potosí! ¡Fuera yanquis de Bolivia!”. Tales algunos gritos de los trabajadores del subsuelo a su retorno apoteósico a Oruro, la tarde y noche del viernes 29 de agosto.

Los pobladores de la ciudad de Pagador, hombres, mujeres, jóvenes, ancianos y niños, se agolparon precipitadamente en el recorrido para dar la bienvenida a los mineros. Gente apiñada en las bocacalles, en los pretiles y en los balcones. Aplausos sinceros, gritos de saludo, lágrimas, muchas lágrimas. Un cuadro verdaderamente conmovedor.

Las calles de Oruro suelen llenarse de esta manera sólo en las grandes ocasiones, especialmente en los famosos carnavales, cuando se visten de gala los diablos y morenos, y pasean por las calles a la Virgencita del Socavón. Esta vez era distinto. Durante los días previos, la ciudadanía estuvo movilizada en pos de recolección de víveres y medicinas para las columnas de estoicos mineros que marchaban pacíficamente a La Paz, a reclamar por ellos mismos y por la suerte de Oruro y Potosí.

Primer rechazo al estado de sitio

Cerca de las dos de la tarde se escucharon los primeros estallidos de dinamita en las cercanías de la “tranca”, a la salida de la carretera a La Paz. Fue la señal para que miles y miles de orureños, abandonando sus quehaceres, se volcaran a las calles a recibir a los mineros. Este masivo recibimiento y bullicioso ingreso de los trabajadores a Oruro fue el primer contundente desacato, la primera expresiva respuesta popular al estado de sitio dictado por el gobierno menos de 48 horas antes.

Los cejijuntos y nerviosos oficiales tanto del Ejército como de la Policía, apostados con tanquetas, tanques y ametralladoras en puntos estratégicos del recorrido de la ciudad, debían hacer la vista gorda ante esta primera manifestación popular en pleno “estado de excepción”. Los encargados de hacerlo cumplir tenían además que poner “oídos sordos”, pues en medio del aplauso generalizado la presencia de los uniformados motivaba en los mineros expresiones como éstas: “saquen a los yanquis, carajo”, “vayan al Beni a combatir a los narcos”, “soldado boliviano, no mates a tu hermano”…

Esta primera columna de 32 entas (buses de la Empresa Nacional de Transporte Automotor) y como 20 camiones de comibol sólo pudo transportar a una pequeña parte de la gente. Luego de varios viajes de los entas, así como de los trenes desde Calamarca a Oruro, a las 20.00 horas de ese viernes seguían llegando los últimos grupos con el mismo ánimo de lucha y siempre acompañados por el estallido de los “cachorros” que remarcan la presencia combativa de los hombres del subsuelo.

Marchar por la vida…

La caminata se inició el viernes 22 de agosto, tras la firme decisión de las bases mineras de hallar una forma de hacer escuchar su voz y dejar sentada su protesta.

El primer tramo hasta Caracollo (37 Km) fue seguramente uno de los más duros, puesto que al haber partido a las 10 de la mañana hubo que resistir el calcinante sol del altiplano en todo su rigor, además que no funcionaban todavía los equipos de apoyo en los caminos y la alimentación estuvo casi íntegramente confiada a la generosa solidaridad campesina.

La segunda etapa se hizo de Caracollo a Konani (42 Km) con descanso en Panduro. Fue otro tramo durísimo, aunque con mayores auxilios y con cierto grado de organización.

En la tercera etapa, domingo 24, se recorrió 17 Km hasta Lahuachaca. El grueso de los marchistas llegó a la legendaria población campesina antes del mediodía. Autoridades comunales y organizaciones sociales brindaron a los trabajadores un recibimiento cordial y se esmeraron en proporcionar alimentación. Fue celebrada una misa en plena plaza y se conoció la incorporación de nuevos núcleos de trabajadores y también dirigentes políticos (entre ellos los diputados Araníbar y Gutiérrez y una representación del Eje de Convergencia Patriótica).

El lunes 25 se recorrió solamente 9 Km hasta Sica Sica. Se repitieron los gestos de solidaridad campesina. Una agitada asamblea de todos los marchistas decidió pernoctar en el lugar. Un sector importante de trabajadores era partidario de avanzar ese día hasta Patacamaya, se escucharon algunas críticas a la falta de planificación y a la escasa conducción de la fstmb. Aviones de la fab sobrevolaron Sica Sica. Corrieron rumores de que no se permitiría el ingreso a Patacamaya donde, desde varios días antes, estaban apostados tanques con una fracción militar. Más tarde se anunció el arribo de un obispo y del comandante castrense que, en reunión de dirigentes, garantizó el paso a condición de no hacer explosiones de dinamita. Nuevas incorporaciones de trabajadores de Colquiri y Huanuni.

A las 6 de la mañana del 26 de agosto, la columna minera estaba en plena marcha hacia Patacamaya (alrededor de 20 Km), adonde se arribó cerca de las 10.00. Fuerte tensión y nerviosismo al llegar, ya que los tanques estaban sobre la carretera y soldados en apronte apuntaban desde ambos costados. Los trabajadores incitaban a los militares a sacar del país a los gringos a tiempo de seguir avanzando sin mayores dificultades. La presencia castrense era simplemente “disuasiva”.

Los campesinos realizaron una concentración de apoyo a los mineros. La fstmb ofreció una conferencia de prensa en la que se manifestó el rechazo al último decreto de liquidación de comibol. Durante el resto del día siguieron afluyendo nuevas incorporaciones: fabriles, universitarios, comerciantes minoristas, etc.

En el estrado de la plaza desfilaron artistas populares, grupos de teatro, cantores, mimos, etc.

La salida del decreto gubernamental que abría el diálogo planteado por la Iglesia fue una alerta sobre las intenciones del gobierno. Dando la razón a los que plantearon desde antes apurar la marcha, los dirigentes decidieron avanzar el 27 de agosto hasta Calamarca, con breve escala en Ayo Ayo; en total 42 Kms. La columna se hizo dispersa y desordenada, unos marchaban más rápido que otros y algunos decidieron pasar hasta San Antonio. La idea era arribar a La Paz el día viernes hasta el mediodía. Desde Calamarca aún faltaban 57 Km. Se incorporaron los trabajadores del Consejo Central Sud y de Potosí, quienes habían sido interceptados y despojados de sus camiones por los militares en Challapata. Tuvieron que hacer su propia marcha a pie en dirección a Oruro, donde consiguieron camiones particulares. Era ya imposible calcular el número de caminantes, todo indica que sobrepasan los 10.000. Numerosos grupos duermen a la intemperie; las iglesias, escuela y muchas casas particulares ya no dan abasto para alojar a tantas personas.

“La aurora es siempre mustia si la vigila un soldado…”

Como a las dos de la mañana comienzan a circular en Calamarca los primeros rumores de que las tropas militares estaban rodeando el pueblo. Muchos no creen la versión, pues el día anterior los medios informaron que el gobierno había aceptado el diálogo con los mineros.

Desde las 4.30 de la madrugada, la gente se pone en movimiento, se va formando la fila para emprender la marcha. Como siempre, los sindicatos de Siglo xx y Catavi toman la delantera. De pronto la noticia recorre toda la carretera a lo ancho del pueblito: es imposible avanzar, los militares y policías tienen bloqueado el paso. Al rato se sabe que por la parte de atrás, en dirección a Oruro, la situación es similar. Hay impaciencia, pero no temor ni desesperación.

Avanzan los minutos y conforme va despuntando el día se ve con sorpresa que a ambos lados del camino, en las lomas vecinas, están desplegados, a distancia simétrica, los efectivos militares. Las siluetas de los soldados con sus armas se hacen completamente visibles a la luz del amanecer. La marcha por la vida está amenazada de muerte.

A las 7.15 de la mañana “La hora del país” de radio Fides da a conocer que durante la noche el gobierno ha declarado el estado de sitio y que numerosos dirigentes sindicales y políticos de izquierda han sido detenidos.

Siguen a continuación las horas más dramáticas de esta significativa movilización popular. El cerco militar-policiaco es inflexible, nadie debe salir ni entrar en Calamarca. Transcurren las horas y la tensión aumenta en espera de una supuesta comisión que debería llegar de La Paz y que no llega nunca. Luego de algún forcejeo logran salir dos diputados que tendrían que informar al país entero de este cerco que parece un polvorín a punto de estallar. Dirigentes de la fstmb dialogan con el Subsecretario del Interior, Guido Meruvia, y logran desplazarse hacia San Antonio, para contactar con los adelantados.

En Calamarca es imposible realizar una asamblea pues la gente está distribuida a lo largo de más de un kilómetro. Se reúnen los secretarios generales de los sindicatos y transmiten las informaciones y decisiones a sus bases como pueden, en asambleas pequeñas. No sin fuertes discrepancias se impone el criterio de un repliegue organizado y ordenado. El problema es cómo y con qué medios de transporte.

Ya no hay comida ni agua. El pueblo ha sido tomado por elementos paramilitares que estrechan el cerco estrictamente sobre la carretera. El resto del día jueves 28 transcurre en medio de esa angustiosa espera. Al caer la tarde se acentúan los rumores de que el plazo se ha vencido y que en cualquier momento ingresarán las tropas a “cazar” a la gente tomando presos a los dirigentes y a los más comprometidos políticamente. Increíble, pese a la enorme tensión y el nerviosismo, la serenidad no desaparece.

Llega la noche y no pasa nada. Más tarde se informa que diputados y un prelado de la iglesia han logrado atravesar el cerco y que la partida será al día siguiente en buses enta y trenes (lo que desmiente una vez más la calumnia de Barthelemy de que los mineros hubieran destrozado la línea férrea). No queda más remedio que intentar dormir sobre el asfalto y procurar calor con algunas fogatas.

Irónicamente, Panamericana informa que los mineros ya han vuelto a sus distritos en camiones proporcionados por el gobierno.

Se hace difícil dormir, no sólo por el frío y la incomodidad, sino porque los soldaditos se pasan las horas gritando los números de sus escuadras para no dormirse. Los mineros contrapuntean los gritos y frecuentemente les hacen equivocar. Se improvisan canciones que aluden al cerco de Calamarca.

Amanece de nuevo con una intensa neblina, pero en medio de la bruma es posible distinguir los tanques y los soldados, nada ha cambiado. Llegan los entas; a la cabeza viene el Alcalde MacLean, quien debe tragarse los mayores improperios de su vida pues los mineros no se han dejado seducir por sus sonrisas demagógicas. Cuando todo parece dispuesto para la partida se produce el último gesto importante de resistencia: las mujeres, las valientes “armas de casa” como las llamó Luis Rico en su canción, se niegan a retornar, insisten en marchar hasta La Paz para que los planteamientos obreros sean escuchados. Otros trabajadores replantean la necesidad de proseguir la acción aunque sea por medio de la huelga de hambre en el sitio. No se resignan a retornar con las manos vacías. Algunos dirigentes son fuertemente increpados y zarandeados.

Por fin se impone la calma y se cumplen los acuerdos tomados en reunión de secretarios generales. Las mujeres difícilmente son convencidas de que el único camino por el momento es el retorno, lo que vino en llamarse el repliegue organizado.

Pasado el mediodía, la columna de motorizados comienza a moverse trabajosamente. Al pasar frente a los tanques suenan los primeros dinamitazos. Son la advertencia de que los mineros aún no han sido derrotados.

(Semanario aquí. La Paz, 6 de septiembre de 1986)

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