Fernando Prado Verdad

De casualidad, en mayo pasado, cayó en mis manos el libro “Crónicas de un crimen de lesa humanidad: entre terrorismo de Estado y tráfico de drogas, la historia continúa…”, cuya primera edición, de 1.000 ejemplares (que sepamos hasta ahora la única), apareció en Santa Cruz de la Sierra en diciembre de 2018, bajo el sello de Tarumá Editores.

Cuando me disponía a realizar algunas indagaciones ampliatorias sobre los temas que este libro plantea, me entero de que su autor, Luis Fernando Prado González, ha fallecido hace algunas semanas. No puedo dejar de atribuir las causas de esta prematura desaparición a las heridas del alma y también físicas que el autor llevaba desde 1984, cuando, apenas con una veintena de años, se vio envuelto en un atentado terrorista en La Penca, Nicaragua, sitio muy cercano a la frontera con Costa Rica. Hubo 21 heridos y siete muertos, varios de ellos periodistas. Sobrevivió, aunque herido, Eden Pastora (alias comandante Cero), líder sandinista disidente, contra quien estaba dirigido el atentado.

Familiarmente lo llamaban “Nano”; lo conocí a través de María Marta, su madre, y de Antonio Peredo Leigue, su padre adoptivo, con quienes trabajábamos en una de las etapas del semanario “Aquí”. De ese modo, supe que “Nano” se desempeñaba como camarógrafo del cineasta y periodista sueco Peter Torbiörnsson y estuvo a punto de morir en los angustiosos momentos del estallido de la bomba, en medio de heridos, algunos agonizantes y otros ya muertos.

La foto que va en la tapa de libro muestra tres personas viajando por río en una lancha. A la derecha se ve al artista sueco. A la izquierda, protegiendo su cámara con una ropa de abrigo, está “Nano”. Al centro, al fondo, con la cabeza encerrada en un círculo, está el falso camarógrafo danés, que fue el autor material del atentado. Se presentaba como Per Anker Hansen, pero después fue identificado como el argentino del grupo ERP, Roberto Vital Gaguine.

El trabajo de Fernando Prado tiene un gran valor testimonial y elementos documentales que recuerdan los conflictos de Centroamérica y sucesos escandalosos de la época, como el embrollo “Irán-Contras”. Lo dice uno de los presentadores del libro: “…nos arrastra a un viaje imperdible, que entrelaza personajes y temas que, si bien se remonta a los años 80, guardan una tremenda actualidad”. Bastaría citar lo que ocurre ahora en la región, particularmente en Nicaragua y El Salvador.

Por otra parte, llaman la atención las hipótesis que el autor formula ante la inevitable pregunta de quién o quiénes fueron los responsables del horrendo crimen que lo marcó física y espiritualmente por el resto de su vida.

  1. El gobierno sandinista. Consideraba a Eden Pastora como traidor y, derivando la atención hacia la injerencia estadounidense, tendría los argumentos para rastrillar y aplastar el brote opositor del Sur.
  2. La CIA. La agencia del espionaje yanqui le conminaba a Pastora a cumplir, en plazo perentorio, los compromisos que había contraído para obtener su apoyo.
  3. Los “contras”. En su mayoría exguardias de la dictadura de Somoza, veían a Pastora como un estorbo en sus planes de articular la oposición antisandinista del Norte con la del Sur.
  4. Rosita. Era el nombre supuesto de una guerrillera sandinista, asistente de Pastora, que minutos antes, cambió de lugar el maletín que, sin saberlo, contenía la bomba. Es muy probable que gracias a ese gesto típicamente femenino se salvaran de morir varios de los participantes en la conferencia de prensa y el propio Pastora, que solo resultó herido; pero la muchacha no sobrevivió.

Fernando Prado consideraba sus investigaciones y conclusiones nada más que un esfuerzo por mantener abiertas las puertas a otras indagaciones que dieran, por fin, con la verdad de los hechos. Asemejó su aporte a una carambola a cuatro bandas, pero se fue convencido de que, como en el billar, el juego debe seguir.

Valencia, agosto de 2026.

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