En Oruro, más que en ninguna parte del país, pude observar mayor propensión de apodar a las personas con el nombre de animales. Allí, entre otros, conocí al “Sapo Mendoza”, Ángel Mendoza Justiniano (renombrado docente, director del colegio “Aniceto Arce” y cuyo nombre adoptó el primer instituto normal del departamento). Al “Oso Quiroga”, Hernán Quiroga Pereira (diputado en sus años mozos, decano de la Facultad de Finanzas y rector de la UTO, así como sempiterno dirigente del básquet orureño). Y también al “Perro Belmonte”, Eduardo Belmonte Ocampo (dirigente universitario y joven abogado), involucrado en esta historia.
Eran cerca de las 21 horas cuando llamó a la puerta de la modesta habitación que yo ocupaba en la calle Uchumayo, al frente de la actual sede de la Unidad de Bomberos. Me extrañó la hora de la visita y la tensa actitud de Belmonte, llevaba puesto un largo abrigo y el cuello envuelto en una extensa bufanda. Traté de calmarlo, ayudándole a quitarse esas prendas, pero él no se decidía a hacerlo… parecía sentirse protegido de alguien que lo estuviera persiguiendo.
– Es algo grave, alcanzó a decir.
Le invité a tomar asiento y le pedí que respirara profundo… Por fin, más calmado, metió la mano al bolsillo interior del abrigo y extrajo varios fajos de dinero (cinco mil pesos bolivianos, cuyo equivalente en la actual moneda me atrevo a pensar sería de unos 15 o 20 mil).
Comenzó su relato. Hace un par de horas recibí la visita imprevista de dos desconocidos jóvenes gringos que dijeron ser del Cuerpo de Paz y estar enterados de mis funciones de Secretario de Organización de la Confederación Universitaria Boliviana (CUB). Lo sabían todo de mí, incluso mis dificultades de alojamiento aquí en La Paz, la imposibilidad de trabajar en un bufete de abogados en la ciudad de Oruro, pues mis funciones en la CUB me obligan a permanecer en esta ciudad… dijeron que estaban dispuestos a brindarme un amplio apoyo en todo lo que necesitara. La única condición era trabajar con ellos, o para ellos… Que no me precipitara, que lo pensara bien y que, para tomar acuerdos y recibir instrucciones, me esperaría otra persona el miércoles próximo a horas 9:30 frente a las oficinas de la empresa Panagra en la calle Mercado y que para identificarme lleve una revista Visión bajo el brazo. Hervía por dentro pero casi no atiné a decir nada. Finalmente dijeron otra vez medítalo, tienes tiempo de pensar lo que te conviene. Y a tiempo de retirarse dejaron este dinero en la mesita central del living. Cometí el error de comentar el asunto con los parientes que me alojan y se destapó el enredo: piensan que pueden verse complicados y que debo abandonar la habitación de inmediato; la suegra de mi pariente, en el sentido más práctico piensa que debería compartir el dinero con ellos.
Es de imaginar el embrollo que se armó en las filas del PCB (Partido Comunista de Bolivia) al correr la noticia. Se pensaba que podían existir militantes ya infiltrados que “apadrinaban” a Belmonte. Por último, se tomó dos decisiones: iríamos a la cita que le armaron a nuestro camarada para identificar al presunto agente de la CIA y fotografiarlo para realizar una sonada denuncia. El dinero ingresó a las arcas de la JCB y sirvió para un curso de formación política de una veintena de jóvenes realizado en enero de 1966, evento qué desearía contar al detalle en otra ocasión.
Teníamos esos días de paso por La Paz a un experimentado fotógrafo. Rolando Doria Medina. Se decidió que él y yo haríamos la peculiar cobertura. Se nos entregó para ello una cámara soviética marca ZENIT, muy apreciada y conocida por entonces. Al anochecer del día martes advertimos que el aparato estaba vacío, es decir no tenía el rollo de película. Madrugamos para buscar el dichoso elemento por cuanta tienda y kiosco se abriera, derivamos a las tiendas importadoras, como casa KAVLIN y casa Bernardo, pero todo el comercio permanecía cerrado. Nos acercábamos a la hora fatal y no conseguíamos rollo de ninguna clase, ni blanco y negro ni a color. De la bronca por el descuido rayano en la estupidez, tuvimos que apostarnos en el lugar de la cita. A las 9:30 lo vimos llegar a paso lento y medio acampanado. En la puerta de la Panagra extendió el brazo para verificar la hora en su reloj de pulsera y barrió con la mirada los lados derecho e izquierdo de la calle. Al hacerlo nos descubrió. Los nervios y la aparatosa cámara fotográfica nos delataron. No dejó de mirarnos un segundo mientras nosotros intentábamos hacer lo mismo, “fotografiarlo” con la vista, pasados unos minutos en que mutuamente nos sosteníamos la mirada avanzamos controlando hacia la calle Genaro Sanjinés y en la plena esquina encontramos a Eduardo Belmonte con la revista Visión bajo el brazo, parado frente a un anuncio publicitario de Pangra. Había confundido la puerta de ingreso a las oficinas con el lugar donde se hallaba un aviso luminoso de la empresa aérea.
El retrato que me quedó grabado. Tez blanca pero no rubicundo, estatura media tirando un poco a la gordura, edad entre 45 y 50 años, se cubría con un perramos beige de una sola pieza y llevaba el cabello lacio peinado íntegramente hacia atrás, sin retoques de ningún tipo. Más de medio siglo después estoy seguro que lo reconocería en medio de cualquier multitud.
Nuestro camarada “Perro” Belmonte nunca se recuperó completamente se sentía vigilado, creía que a menudo personas desconocidas le tomaban fotografías. Vivía en constante nerviosismo e hizo todo por acabar lo más antes posible su mandato en la CUB para regresar a su Oruro natal. Falleció pocos años después victima de una artritis galopante.


