Una reserva moral libre de toda sospecha

Entre muchos gestos que están ocultos en la memoria de mi larga amistad con Carlos Soria Galvarro, hay por lo menos cuatro actos generosos memorables que he recibido en distintas etapas de mi trayecto periodístico por parte de este ser inmenso, cuya nobleza tiene el tamaño de la Historia de la cual es cronista incomparable. Así los evoco:

1) En septiembre de 1990, vino a mi domicilio de Cochabamba como redactor del semanario Aquí —entonces dirigido por don Antonio Peredo Leigue, digno sucesor de Luis Espinal—, en pos de un reportaje acerca del intento de asesinato que la inmobiliaria FINSA, una lavandería del narcotráfico, había perpetrado el 28 de agosto de ese año intentado silenciarme. Todavía me hallaba convaleciente tras cinco cirugías simultáneas que me salvaron la vida. La visita de Carlos, cargada de una solidaridad intensa, fue un bálsamo en medio del dolor y la bronca. Su mirada apacible y su voz suave, su espíritu sosegado y combativo a la vez, transmitían una paz que iluminaba el entorno. Cuando él me entrevistaba, sonó una llamada anónima en el teléfono fijo con la amenaza de un nuevo atentado si persistía en mi investigación del narco-lavado; reconocí la voz del abogado de un ex paramilitar de García Meza, Nano Martínez Camacho, ambos habían sido parte de la conjura de las inmobiliarias para asesinarme; se lo comenté a Carlos y sólo atinó a expresar su estupor con estas firmes palabras: qué jodido, carajo. La crónica de Aquí pintó aquel cuadro con toda su maestría periodística.

2) En 1996 Carlos me invitó a presentar en la Casa de la Cultura de Cochabamba el primer tomo de su libro “El Ché en Bolivia”, una obra monumental que recopila en varios tomos toda la documentación e iconografía, incluyendo el infaltable Diario de Campaña, del héroe de Ñancahuazú. Privilegio que tuve.

3) En noviembre de 2014, durante una de sus frecuentes visitas de La Paz a Cochabamba (él es cochabambino) nos citamos en el café adyacente a la Catedral; Carlos me esperaba con una pila de libros que había traído para obsequiarme, todos ellos invaluables joyas. Dos obras de su tía la profesora Alicia Terán de Dick, una maestra de la llacta que dedicó su vida y sus desvelos a promover la lengua quechua en el sistema educativo nacional como una segunda lengua oficial, tanto como es el guaraní en Paraguay. También me obsequió su libro “Andares del Che en Bolivia”, que profundiza un análisis riguroso sobre las vicisitudes del comandante Guevara dentro el territorio boliviano, en cuyo epílogo se incluye un ensayo mío titulado “El hombre de esa gorrita llamada cachucha”, en el cual intento diferenciar al “Che boliviano” de aquel que gobernó en Cuba o de aquel otro que estuvo en el Congo. Y por si fuera poco, el paquete de regalos incluía un ejemplar que es una reliquia sin par: el libro titulado “Por tierras calientes: Impresiones, anécdotas e iniciativas referentes al Beni y Noroeste” que le fue dedicado al abuelo de Carlos, don Felipe Terán, por su autor el erudito José Salmón Ballivián; libro publicado en 1928, en cuyas páginas descubrí una crónica de Ballivián informando que el indígena tacana Juan de Dios Aguada, un ixiameño que derramó extensa progenie en la ciudad de Cobija, fue el flechero cuyo certero flechazo incendiario ahuyentó a los nordestinos brasileños de aquel pedazo del Acre que gracias a ello se quedó con Bolivia; no fue Bruno Racua el héroe en cuestión.

4) En vísperas de la Navidad de 2018, pude volver de mi destierro en Brasil, para estar junto a mis hijos y mi madre, gracias al apoyo de sacerdotes de la diócesis del Acre en el lado brasileño: los padres Massimo Lombardi, Gilberto Versiani, Francisco das Chagas y el obispo Joaquim Pertinés, quienes me brindaron toda la cobertura para ingresar al país disfrazado de cura; y de tres entrañables amigos en Bolivia: Carlos Soria Galvarro, Carlos Balderrama Mariscal y Julio Prado que me ayudaron a permanecer clandestino en La Paz hasta poder llegar a Cochabamba sano y salvo de las garras de Quintana. Carlos Soria Galvarro hizo una gestión decisiva con la Asociación de Periodistas de La Paz para romper el hielo que me impusieron “influyentes” colegas alineados sectariamente con la derecha opositora que decidió amordazarme y darme muerte civil por no sumarme al corifeo anti-indígena de Doria Medina y Valverde. Gracias a Carlos, la APLP, en coordinación con Reporteros sin Fronteras, me brindó un asilo seguro y asistencia legal necesaria para romper el cerco represor. Después de casi tres años de destierro, fue Carlos Soria Galvarro la primera voz en Bolivia que me dijo con el corazón en la mano: “Bienvenido, compañero”.

La historia: lo que se escribe y lo que está escrito

Todo en Carlos Soria Galvarro es Historia. Algo que se escribe y está escrito. Acaso estaba escrito que aquel joven libertario y soñador que a sus 23 años quiso comandar un contingente de la Jota para sumarse a la guerrilla del Che como apóstoles sacrificiales, sería frenado por los fariseos del Partido Comunista y un predestinado judas estalinista que les cerraron el paso arteramente, salvándoles la vida paradójicamente. Sin el Beso de Judas no habría habido jamás la gloria mesiánica. Carlos Soria Galvarro sobrevivió a la tragedia de Ñancahuazú, quedando exenta de ella contra su voluntad. Estaba predestinado a dar testimonio escrito de la gloria, pasión y muerte sin resurrección del Che.

El Che, como Cristo, es una cuestión de Fe. Hay un Cristo redentor y mariano, comunitario, liberador, que el pueblo trabajador y los pueblos indígenas veneran con fe proletaria y fervor ancestral; pero también hay un Cristo desfigurado, mercantilista, supremacista y feminicida, opresor, que los criminales del mundo usan para exterminar la inocencia humana desde el fundamentalismo protestante. Asimismo hay un Che ácrata, inmolado y humillado que venció con su heroica muerte, casi suicida, al fascismo genocida y a la CIA corruptora. En ese Che transparente, auténticamente anti-imperialista, en ese Che boliviano, creemos Carlos Soria Galvarro y yo. No en el Che desfigurado y estampado en el marketing de la impostura, no en ese Che anti-yanqui que el totalitarismo estalinista de nuevo cuño pone a la par de los émulos de Pablo Escóbar Gaviria en sus guerras sicarias contra la extradición. Creemos en un Che venerando la hoja de coca con auténtico amor y respeto por la Pachamana; no en un Che Guevara colonizado y corrompido por la cocaína seudo “anti-imperialista”, suntuosa, dolarizada, ultra-burguesa y de doble moral.

A Carlos Soria Galvarro el régimen neo-estalinista de Evo Morales ha excluido deliberadamente. El periodista y escritor bien pudo contribuir al proceso anti-neoliberal como Ministro de Cultura o de Comunicación; pudo ser un idóneo y digno Embajador de Bolivia en La Habana, donde reposan los restos del Che. La partidocracia y su nomenclatura no le han convocado para nada de aquello, acaso por los mismos azares que le impidieron entrar a Ñancahuazú. Una vez más, en buena hora. Quien sabe, también estaba escrito.

Soria Galvarro es una reserva moral stricto sensu, libre de toda sospecha. Me sumo por ello al homenaje que, junto al también entrañable colega Remberto Cárdenas, recibió el pasado 10 de mayo en la Universidad Mayor de San Andrés de La Paz. Un homenaje al honor.

Wilson García Mérida | Columna Sopa de Maní – 15 de mayo a las 2022